Friday, November 3, 2006

¡El siguiente!

    No viene al caso pero escribo esto mientras suena en la radio a bajo volúmen “La Linterna de la Economía” de los malvados y siniestros ultraliberales de la COPE.¡¡Y qué cosas dicen y “piensan”, Virgencita del Amor Hermoso!!

 

    He ordenado la mesilla de noche y veo que hay un rimero de libros que he dejado por la mitad en los últimos meses. No me suele pasar a menudo. Espero que sea  “una mala racha”  simplemente.

 

     El libro que descansa en el fondo es perfectamente recuperable. Ahora recuerdo que pensé hacerle una componenda en la página blanca del inicio con un “listado de personajes” porque cometí el error de leerlo a largos intervalos entre Hondarribi y Donosti y no me aclaraba la noche que lo retomaba. Se trata de “El obispo leproso” (1926) de este “gran poeta en prosa” que es  Gabriel Miró. Un autor que me descubrió mi hermano Iñaki con “Años y leguas”. Un ambiente intolerante y provinciano de principios de siglo en Oleza, (que es el trasunto de Orihuela), y unas descripciones y unos prodigios verbales deslumbrantes, marcan la trama de este libro complejo y escrito como a retazos impresionistas y cuadros sueltos. De ahí la necesidad de emprender la lectura de manera continuada si no se quiere despistar uno. Culpa mía y lo termino porque realmente “da placer”.

 

    Comencé hace nada “Si te dicen que caí” de Juan Marsé. Lo he abandonado poco más allá del principio. Me da pena decirlo pero no se puede leer literatura española “de ficción” escrita en los años 70. Hay un prurito regeneracionista en los nuevos autores de entonces que los convierte en  incomprensibles de puro audaces. Me pasa lo mismo con el temprano Vázquez Montalbán, con Juan Benet, o con Goytisolo por ejemplo. Los párpados caen lentamente, el pulso se debilita, la mente se hace vagabunda… Nada que ver con los ensayos sesudos por los márgenes de la filosofía de Laín Entralgo y Julián Marías, (o con la poesía de Gil de Biedma)  fechados en esos años del Simca 1000 y Nadiuska en bragas. Esos autores sí que pueden leerse y aguantan la erosión del almanaque. Pero aquellos… ¡Ay, qué pena!

 

    Otro en la cuneta: “Abbaddón el exterminador” del argentino Ernesto Sabato, que me lo compré en Emaús frotándome las manos de goce y con una sonrisa de placer reminiscente, acordándome  de lo muchísimo que me habían gustado otros dos libros que había leído con anterioridad como son “El túnel” y “Sobre héroes y tumbas”. Pues bien… No he tenido paciencia con “Abbadón”. (Ya el título es antipático)  ¿O será que está escrito también en el 74, más o menos?  No, en absoluto. No muy lejos andarán los otros que leí con devoción, y sin embargo éste me dejó de interesar en la página 40. Perdona Ernesto, ya lo siento. La vida es muy corta; el arte es largo:  A partir de cierta edad uno no debe andarse con miramientos. ¡El siguiente!

 

Rafa Berrio. Onyarbi.

2 de noviembre de 2006.

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Sunday, October 29, 2006

Just William

    Si hoy, por ciencia infusa, aprendiera de repente el inglés y pudiera leerlo perfectamente, antes que Stevenson, o… Conrad, o… Dickens, abriría sin duda cualquier libro de “Guillermo”; “Guillermo el Proscrito”. Descubrí los “Guillermos” hace ya años gracias a Teresa L. que los leía y releía con fruición. Las portadas dirigidas a un lector infantil me hicieron desconfiar al principio. Los miraba con indiferencia y pensaba que eran una saga similar a “Los Cinco” o “Los Hollyster” o cosas por el estilo, y claro yo me relamía por aquella época con ensayos de plomo acerca de Carlos II o de los Comuneros de Castilla, por poner un ejemplo.

 

     Seguramente fue un día de resaca severa que abrí por primera vez un título al azar de los treinta y tantos que tiene Guillermo ( William Brown, en original). Ya se sabe: algo ligero y emoliente para pasar el rato. Nunca los he dejado de comprar y leer desde entonces.

 

      La adicción es instantánea. El placer enorme que se siente leyendo estos viejos libros no tiene cuento. Es difícil que estando a solas un lector ría con carcajada, no digamos ya que se le apodere un ataque de risa interminable en las altas horas de la noche. Guillermo consigue esto a menudo (especialmente en los primeros números). Más valioso que cien viajes a Stratford- upon- Avon, con Guillermo se aprenden multitud de cosas acerca de la sociedad inglesa de aquellos años de entreguerras.

 

      Montones de personajes de toda índole pasan por estos relatos.  El retrato de las familias honarables, pulcras y perfectamente burguesas, de las ligas parroquiales de damas empingorotadas, de las asociaciones caritativas y de la tómbola benéfica, de las ferias de  labradores y comerciantes  mezquinos, de la escuela dominical y el colegio, de la iglesia y la autoridad… Por en medio de todos ellos Guillermo el Proscrito cruza como un vendaval de anarquía, poniendo en solfa la hipocresía de la familia y del mundo de los adultos, con consecuencias siempre desastrosas y en grado sumo divertidas. Con la lectura se despierta la parte profunda de lo que hemos perdido para siempre.

 

      La editorial Molino publicó todos los títulos en bonitos libros de tapa dura, ilustrados en la portada y en el interior por el gran Thomas Henry, y son muy fáciles de encontrar en librerías de viejo y en mercadillos. Ignoro si existen ediciones recientes, aunque no me extrañaría nada, pues “Guillermo” es un clásico de la literatura falsamente infantil.

 

       A propósito, no he dicho nada de la autora, pues es efectivamente una mujer: Se llama Richmal Crompton y ahora que lo pienso no sé nada de su vida ni me ha sido dado leer nada de su persona apenas en todos estos años. Una única referencia en la enciclopedia que tengo y punto filipino. Tal vez no importe y su existencia sea gris y anodina. Estaría bien ahora que existe google que investigara un poco. Aunque sólo sea por rendir un homenaje a su inteligencia, a su imaginación y a su maestría.  Thank you Miss Crompton.

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Sunday, October 8, 2006

Su truco favorito

    He terminado de leer “La comunicación No-Verbal” de una tal Flora Davis, en Alianza. Me gustaría otro día contar algunas curiosidades de este ensayo acerca de los movimientos corporales, las miradas, las manos, el rostro, y cómo se perciben en un plano subliminal por los que nos rodean. Es muy interesante.

 

    Por un raro sincronismo (me gusta leer siempre dos o tres libros a la vez), he terminado también al mismo tiempo “El laberinto de las sirenas” de Baroja. Este libro nos lo hicieron leer  en bachiller pero no me acordaba de nada. En otra gacetilla dije que transcurría en Nápoles, pero pronto aparece en la narración un manuscrito póstumo con la vida de Juan Galardi y el grueso del libro es este viejo manuscrito. Muy típico de Baroja, que también lo hace así en otros títulos: El libro dentro del libro. De mocedad a senectud, una vida entera discurre por las páginas y mil vidas entrecruzadas aparecen y desaparecen. En realidad, el libro narra la historia de una mansión construída sobre un acantilado, en la costa calabresa de Italia. Cuando los personajes se desvanecen en la nada, también la mansión se viene abajo.

 

    Baroja hace soñar, cuenta aventuras y hechos extraordinarios pero después nos deja recado de la insignificancia de la existencia. Es su truco favorito. Con las últimas palabras del epílogo, cerrando ya el libro, un suspiro profundo se hace inevitable; quién sabe si no se reprime también una lágrima.

 

    Diego V. se propuso darme envidia y lo ha conseguido: me dice que él también tiene una “temporada barojiana” y  acaba de comprarse los dos gruesos volúmenes de memorias “Desde la última vuelta del camino” que acaba de editar Tusquets. Los está leyendo apasionadamente.

    Aparte de obras completas, es la primera vez (que yo sepa) que se reúnen estos libros que Caro-Raggio fue publicando a lo largo de los años como títulos independientes. Yo sólo he leído unos pocos.  Diego hace recuento y sospecha que aún se publicará un tercer tomo. 

     Yo tengo que ahorrar, llevar una dieta exclusiva  de patatas y cebolletas durante un mes y comprármelos cuanto antes. Los tuve en la mano en Bilintx. Los palpé y luego aspiré el olor del papel crujiente. El precio me mareó un poco. Me puse realmente pálido. Pensé en esperar veinte años a que salieran de lance, ya viejos y roñosos, en los  Traperos de Emaús, pero me pareció un tiempo excesivo sin ellos.

    No me conviene adelgazar, pero algo tendré que hacer si los quiero.       

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Octubre

    Se ha ído septiembre; Ha llegado octubre. Yo lo defiendo como el mes más deprimente del año sin duda, octubre. He tenido una discusión con K. acerca de esto y no nos ponemos de acuerdo.

    Yo he defendido: la luz menguante, el cambio claramente perceptible de la hora del atardecer; el traumático cambio de hora convencional; el recuerdo todavía en la piel del cercano septiembre; las sombras alargadas, las formas duras y contrastadas bajo el pálido sol oblicuo; sol que es ya un agravio; la luz irreal y dramática de media tarde que ciega los ojos; las ventiscas y el viento sur extemporáneo; el color parduzco del mar y el blanco chillón de la abundante espuma, la tierra de nadie entre el otoño y el verano.

 

    Pero no  noviembre, como defendía K.

 

    Ni mucho menos noviembre puede pasar por triste. Noviembre es ya El Paroxismo del Otoño. El bello esplendor de los ocres, el punto álgido, la cumbre. Ya el verano ha quedado atrás, remoto, definitivamente olvidado. La costumbre de las prontas atardecidas se acepta sin otro remedio y hasta con dulzura. Huele ya a piel de napa y a hoguera.

 

    No quiero hacer apología de noviembre, sólo insistir que se acepta de manera natural y sin posible añoranza de un tiempo más cálido y luminoso.

 

    Pero ella, o sea, K. no está convencida del todo. Me dice que estoy influenciado por la fecha de mi cumpleaños “en este mes de octubre del que tanto despotricas”. Razón de más para tenerlo simpatía, y sin embargo…

 

    Hemos seguido discutiendo y creo que ninguno de los dos ha ganado un milímetro de terreno. (Es posible que en el fondo a mí me guste este mes de  octubre y a ella le cause angustia)

 

    Una plaquette del poeta donostiarra Pablo Casares se ha abierto como por ensalmo en la mesa de escribir. El viento sur ha entrado del mar girando y ha golpeado la ventana de esta casa que parece una nao capitana. Las olas rompen muy lejos de la costa y Monpás está bañado de espumas nerviosas.

 K. piensa que todo está predestinado y que muchos sucesos son magia. Yo soy agnóstico, pero mirando la página por la que se ha abierto el librito debo darle la razón; este es el poema de Casares:

 

    Muelle.

 

    Quiero que vuelvan

    las húmedas tardes de agosto

    y las templadas noches de septiembre

    para poder bañarme allí

    en la punta del muelle.

 

    Si te quedases un rato más

    justo para que me secase,

    nos reiríamos del anticuado invierno

    y del melancólico otoño

    para poder descansar en el pretil,

    allí donde se abre la civilización al mar.

 

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Sunday, October 1, 2006

Who by fire

 

Iñaki de Lucas me ha grabado la discografía completa de Leonard Cohen en un solo compacto. El volúmen de canciones es tal que el lector de DVD no logra dar paso más allá de la canción, digamos, número 40, y hay que seleccionar manualmente las diez mil restantes. Si tuviera que hacer un listado de las mejores canciones de la historia, no dudaría en incluir “WHO BY FIRE” de Cohen entre ellas. Desde hace muchos años me ha interesado este tema por una sola palabra que incluye en la letra y que en su momento busqué intrigadísimo en el diccionario.


La palabra es “Ordalías” que viene a significar “juicio de Dios”. Más tarde he leído bastantes casos de Ordalías en libros de historia, y no les falta su interés y su mala leche: Se trata de demostrar la inocencia o culpabilidad de los reos dudosos (mujeres en muchos casos), sometiéndolos a pruebas extremas y arbitrarias, tal que exponerlos a la acción de los rayos en una noche tormentosa; al semienterramiento, o bien a la privación del agua de beber durante días y cosas por el estilo. Hablo de oídas. Los que salían airosos de estas pruebas eran considerados inocentes. Los otros ya se sabe.


Pero bueno, volviendo a Cohen. La canción es corta, gradualmente intensa, de menos a más, con unos arreglos de violines que hacen estremecerse. Hay una cadencia, o un intervalo muy característico de notas negras que atrapa a la primera escucha. Quizá todo resida en esa progresión rápida de semitonos… Lo cierto es que la composición es magistral y nunca se olvida.

Leonardo está acompañado en todo momento por un dúo femenino tan sugerente que hace que uno sangre a borbotones por el costado de puro placer al escucharlo. Sería imposible cantar este tema en español: los versos apenas tienen tres o cuatro sílabas en tres acentuaciones claras, y ya en inglés son una pura elipsis. Dicen, por ejemplo: “Who by fire; who by water; who in the sunshine; who in the nightime…” Áquí, es evidente, falta el verbo.

Todo se soluciona en el estribillo, que es un misterio muy interesante de construcción. Parece ser que en la estrofa, el verbo en elipsis es “Llamar”, y después de toda esta lista de “quienes”, Cohen pregunta: “¿Quién dirías que está llamando?” (o algo por el estilo)

He sabido por una información confusa que “Who by fire” pudiera ser un salmo referido a algún rito mistérico, relacionado quizá con el judaísmo. Y digo esto último porque el músico desciende, si no me equivoco, de judios y la canción es vieja; supongo yo que compuesta antes de que Cohen se hiciera budista. Me gustaría mucho dar con una traducción sólida y fiable de la letra. ( Aparte: me dice Gemma que en el templo budista donde ha pasado Leonardo sus últimos años, éste tenía la ocupación de cocinero o Tenzo, realmente importante y honorable en el seno de esas comunidades)

Hay días que no puedo parar de escuchar este “Who by fire” de Leonard Cohen a todo volúmen por el equipo grande de Zabaleta. Dos veces seguidas al menos. Luego ya en silencio, me preparo la merienda.

 

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Premonición

 

Escucho en la radio esta tarde que se ha estrenado en San Sebastián un documental sobre García Lorca y las circunstancias de su muerte. Se titula “Lorca; El mar deja de moverse” y refiere un verso del poeta describiendo con tal metáfora el efecto de un asesinato. Parece ser que han empleado casi tres años en la investigación y la documentación del film. En el estreno en Granada tuvo que intervenir la Guardia Municipal a causa de altercados en el foyer del cine.


De pronto he recordado el famoso libro de Pablo Neruda “Confieso que he vivido” que leí apenas esta primavera, donde se cuentan muchas anécdotas jugosas, tanto de personajes notables como de villanos. Neruda cuenta que Lorca tuvo una premonición de su propia muerte. Quizá el chileno exagere. Quizá sea una mixtificación poética. Lo cierto es que, negro sobre blanco, la cuenta como cierta. Me ha costado encontrarla de nuevo pero creo que merece la pena.

En realidad Neruda no dice “premonición” sino preconocimiento, concepto mucho más inquietante. Con los artistas de “La Barraca” había llegado a un lejanísimo pueblo de Castilla y acamparon en los aledaños. Fatigado por las preocupaciones, Federico no dormía. Al amanecer salió a vagar por los alrededores. Hacía frío y la niebla se desprendía en masas blancas y todo lo convertía en una dimensión fantasmagórica. Se detuvo frente al portón de una verja de hierro oxidado, salpicada de estatuas y columnas rotas entre la hojarasca.. Era la entrada a una finca feudal. Federico se sintió agobiado y confuso por lo que allí pudiera suceder.

Un corderito pequeño llegó a ramonear las hierbas entre las ruinas y su aparición era como un pequeño ángel de niebla que humanizaba la soledad. El poeta se sintió acompañado.

De pronto una piara de cerdos entró también al recinto. Eran cuatro o cinco bestias oscuras, cerdos semisalvajes, con hambre cerril y pezuñas de piedra.

Federico presenció entonces una escena de espanto. Los cerdos se echaron sobre el cordero y junto al horror del poeta lo despedazaron y devoraron.

Esta escena de sangre y soledad hizo que Federico ordenara a su teatro ambulante continuar de inmediato su camino.

Neruda termina diciendo que tres meses antes de la guerra civil, Lorca le contaba, transido de horror, esta historia terrible.

Lo he pasado al texto de mala manera y abreviando. En “Confieso que he vivido” se puede leer de manera congruente en el capítulo titulado “El crímen fue en Granada”.

Estoy pensando en las palabras del director del documental, entrevistado esta tarde en la radio: En realidad, lo más impresionante, es que su propia familia fue quien lo sentenció.

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Thursday, September 28, 2006

Una merienda rarísima

 

 
  

     Esta tarde he tenido un episodio admirable de “Magdalena Proust”. Estaba en mi tinglado de Onyarbi, solo y en silencio; en esa hora mortecina del atardecer que no se sabe si es triste o indiferente, y bebía distraídamente vino de Oporto sin otra cosa mejor que hacer. Había comprado una botella de Rozés en Solbes, que tenía  una oferta de 100 ml. por el precio de 750 ml. Quizá porque me haya quedado con hambre de la merienda he mojado un poco de pan en el Oporto y  me lo he llevado a la boca. De pronto he sentido “todo eso”. Claro está, he vuelto a mojar pan, y esta vez, al probarlo, he sentido “un poco menos”. La tercera vez se me ha escapado del todo (y quizá para siempre) el significado profundo.

     Al principio he dicho magdalena y Proust, pero en ese momento ni se me ha pasado por la imaginación. Simplemente me he quedado absorto, con cara de canelo, una gota de rubí dulce deslizándose por mi barbilla. Sólo unos minutos más tarde me he levantado corriendo a la estantería de los libros. En la primera página del primer tomo de “En busca del tiempo perdido; Por el camino de Swan” dormía una dedicatoria para mí, fechada en Hendaya en el año 85 y precisamente el día de mi cumpleaños. Está escrita con boli azul y pone algo así como “Para Rafa con miles de besos y montañas de felicidades, esperando que lo disfrutes tanto como yo” y más abajo está la firma y la fecha. Cumplía yo 22 octubres exactamente.  Todos nosotros, me refiero a José Manuel Puerto, Endika Cámara, etc, leímos a Proust por entonces con devoción. Devoramos los tomos como si fueran de mantecado, aunque es cierto que yo me quedé en el número 5, más por curiosidad de otras cosas que por fatiga. Creo que Puerto aún llegó más lejos y tal vez culminara la Obra Completa, que es tela marinera.

     He querido buscar las páginas de la famosa “magdalena” y al principio, aunque sabía espacialmente dónde estaban, me ha costado. Finalmente las tengo en mis manos, y de nuevo cumplo los patitos. En la edición clásica de Alianza el pasaje se encuentra en la página 61 :

 

  (…)  Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior (…)

 

     Proust se siente invadido por un placer inexplicable, algo que le viene de “muy lejos” y que no comprende: 

  

   (…)   Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿de dónde podía venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía ser de la misma naturaleza.(…)

 

       Aún hay otra página larga de introspecciones bizantinas y perplejidades, hasta que por fin encuentra el significado: 

 

      (…) y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magadalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (…)

 

       Más tarde el libro continúa con un montón de condesas y duques paseando el spleen por los  Campos Elíseos.           

 

    Lo que ahora me pregunto es: ¿me daba de niño mi madre (o quizá mi tía Anamari), en las tardes muertas del domingo, después de la misa en María Reina, un vasito de  vino de Oporto con un corrusco de  pan, para que haya sentido lo que esta tarde he sentido?  Me extraña mucho, sinceramente. Me hubiera parecido una merienda rarísima… Pero… ¿y entonces?   

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Sunday, September 10, 2006

Argentinos

 
 

     Mi hermano Iñaki subió a recoger correo hace poco a la buhardilla de Zabaleta y le llamó la atención el libro de Adolfo Bioy Casares “El héroe de las mujeres” que yo tenía por ahí danzando en las estanterías. Me lo ha pedido prestado y le he dicho que se lo lleve cuando quiera.

 

     Antes he querido reunir los tres volúmenes en mis manos esta tarde y hacer memoria: En junio de 2005 el grupo La Buena Vida viajó a la Argentina en una breve gira de conciertos y al regreso Cheli Lanzagorta me trajo ese libro junto a un “Fervor de Buenos Aires” de J.L.Borges y un “Nuevos Cuentos de Bustos Domecq” de la doble autoría Borges- Bioy Casares.

 

     De la ciudad más admirable del orbe (en un sentido mental) me trajo  Cheli estos libros y doble valor cobran como obsequio por el oportunísimo encaje  entre los autores y la propia Buenos Aires. En estas elegantes ediciones algo hay de ellos que no existe en ejemplares comprados, por poner un caso, en Bilintx o en Ramos o en Galdós de la calle Hortaleza.

 

      Pero eso no es todo, porque Iñaki de Lucas, que también viajó entonces  con la Buena Vida como nuevo batería del grupo, me trajo un grueso libro de los Cuentos Completos de Juan José Saer, libro que está en mi mesilla de noche de Hondarribia, señalado en alguna de sus páginas centrales con un doblez triangular en el ángulo.

 

       J.J. Saer me ha impresionado realmente. Este descubrimiento me ha proporcionado un placer enorme en mis noches zíngaras de Onyarbi. Nunca sabes donde puedes encontrarte a La literatura en Estado Sublime, y este oscuro profesor en la Sorbona parisina, pura sangre de la escritura y el relato corto,  brillantísimo argentino de Santa Fe, es un buen ejemplo de ello. ¡Y qué sean tan inteligentes todos estos cabritos albicelestes!

 

      Es curioso que Iñaki de Lucas y Cheli Lanzagorta añadieran a sus regalos el suplemento de Clarín de  aquella semana de Junio de 2005 donde se  ve en la portada la figura sonriente de Carlos Gardel en color sepia y artículos de fondo en el interior acerca de los 70 años de la muerte de la estrella, y digo curioso porque cada uno lo trajo y me lo entregó por su cuenta, desavisado del otro, y por lo tanto conservo ejemplares mellizos. Leyendo letra por letra esta revista Clarín, dí con la noticia reciente de la muerte…¡precisamente de Juan José Saer! y una entrevista última e inédita, realizada en París, semanas antes de fallecer.

 

     Hay una foto en la que sale de espaldas, andando cabizbajo un camino rectilíneo, con las manos enlazadas detrás. Era un hombre de 67 años. Bien mirado no ha muerto.

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La lápida

     Nos acercábamos a Sagüés caminando por el paseo de la playa y quise enseñar a mis tres acompañantes la pequeña lápida conmemorativa donde se guarda memoria a los republicanos asesinados en la Guerra Civil.

    Gemma y Vega desconocían su existencia. Miren, sin embargo estaba enterada y por un momento noté cómo le brillaban los ojos. El 14 de abril pasado, una bandera violeta-roja-amarilla tremolaba en lo alto de un mástil. Alguien se tomó esa molestia para la fecha señalada. La noche que enseñé el enclave a mis amigas yacían rosas y claveles algo secos ya en la hierba.

 

    Este mes de setiembre cumple, si no me equivoco, 70 años de la caída de Irun y más tarde de San Sebastián a manos de los descendientes de Caín. Creo que fue un 19 de setiembre cuando cayó el cuartel de Loyola.

    No estaría mal una reunión frente a la lápida de Sagüés ese día. Abriríamos unas botellas de vino de Oporto (por ejemplo) y leeríamos a plena voz y desde un pequeño estrado a los Poetas del Exilio, con el fin de ponernos mutuamente la carne de gallina por instantes. El acto se cerraría con algúnos músicos callejeros tocando melodías de Kurt Weill y Bertold Brecht, o las pequeñas piezas de Lorca sobre música de “Los cuatro muleros”.

 

    Si tuviera yo que leer algo, elegiría entre todos a Luis Cernuda. Alguno de sus poemas finales, cuando su escritura destilaba amargura y resentimiento y sus versos, como suele decirse, respiraban por la herida.

    Después de pasar por Inglaterra y los Estados Unidos, finalmente Cernuda muere de asco y rabia en México. En uno de sus últimos poemas habla con orgullo y desprecio del “aguachirle conyugal” de los heterosexuales, y no se me borra la impresión de la primera lectura, hace mil años.

Pero quizá y porque viene mas al caso, para el atardecer del 19 de setiembre preferiría leer el titulado “Peregrino”. Hay que tener en cuenta que allá por los primeros años 60, algunos intelectuales se atrevieron a regresar tímidamente  a España. La opción de Cernuda es clara. He aquí la M A R A V I L L A :

 

 

          PEREGRINO

 

  ¿Volver? Vuelva el que tenga,

  Tras largos años, tras un largo viaje,

  Cansancio del camino y la codicia

  De su tierra, su casa, sus amigos,

  Del amor que al regreso fiel le espere.

  Mas, ¿tú?  ¿Volver?  Regresar no piensas,

  sino seguir libre adelante,

  Disponible por siempre, mozo o viejo,

  Sin hijo que te busque como a Ulises,

  Sin Itaca que aguarde y sin Penélope

  Sigue, sigue adelante y no regreses,

  Fiel hasta el fin del camino y tu vida,

  No eches de menos un destino más fácil,

  Tus pies sobre la tierra antes no hollada,

  Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

   

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El garum y el vino

     En el atril de la mesa de la cocina tengo abierto “Historia de la gastronomía española”, un libro que pertenece a Teresa L. y en este momento a mi biblioteca. En realidad lo leí hace años y de nuevo lo leo estos días mientras desayuno, mientras tomo la sopa y la ensalada del mediodía o mientras ceno a las tantas, y le voy pasando las páginas sujetándolas con una pinza especial y dejándole lamparones de grasa y diminutas salpicaduras. Es un buen destino para un libro que enseña historia a través de los guisos, potajes y bebedizos  de los hombres en las sucesivas épocas y reinados.

 

    Creo que lo más divertido es la parte del Imperio Romano. Esta gente comía cosas inverosímiles y extravagantes como cigüeñas o papagayos y aderezaban los guisos con especias tan estrafalarias como el patchulí. Les importaba mucho más la forma que el sabor, y a todo plato le añadían una salsa llamada garum hecha de entrañas fermentadas de pescado que hoy resultaría repugnante. Claro está que el populacho pasaba un hambre atroz y apenas comía (así en el resto de los siglos) gachas de trigo y papillas de altramuces en días alternos.

 

    Martínez Llopis, el autor de este libro, dice que si bien los poetas clásicos  elevaron odas y cantos al vino, “si un hombre actual los probase, aún los caldos más acreditados, le parecerían igualmente malos, acres, bastos, fuertes y su gusto a humo lo estimaría detestable”

    Lo del gusto a humo es que los del imperio tenían la manía de someter las ánforas de barro al humazo de las chimeneas, guardándolo en las partes altas de la casa. También le añadían ceniza, arcilla, polvo de mármol, resina, pez y al modo de los griegos, agua de mar…  Les gustaba así.

 

(Voy a proponer a  mi amigo Quique Casares, el dueño de la bodega “EL Lagar” de Zabaleta que componga unas botellas de tinto al modo de Roma y lo publicite en sus famosas pizarras para degustación. Ya estoy un poco harto de la mariconada del Gewurztraminer o el So-mon-ta-no)

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