Monday, June 25, 2007

Ross Macdonald

 

Si empiezas con Ross Macdonald ya no puedes parar. El azar quiso ponerme en el rimero de “libros por leer” tres novelas de este autor que he comprado como siempre en los mercadillos de segunda mano. En dos o tres semanas los he devorado con furia noctámbula. Los títulos en castellano son : “La bella durmiente”, “El enemigo insólito” y “Los maléficos”. El primero de ellos en la famosa editorial Bruguera Novela Negra; El segundo en una edición original del año 69 del Séptimo Círculo, dirigida por Borges y Bioy Casares; La tercera novela en una colección infame.

Todos ellos están protagonizados por Lew Archer, un investigador privado que es a Macdonald lo que Marlowe a Chandler o Spade a Hammet. Seguramente son los tres mejores autores del género, con el permiso de Horace McCoy.

Ocurre que Archer es más actual. Habita una California de los años 60 y 70 donde hay hippies y heroinómanos. La técnica es siempre similar: Alguien desaparece en el primer capítulo y Lew Archer lo busca a lo largo de la narración. Claro está, no aparece sino en la última página y dando un vuelco a todo lo que uno imaginaba. Mientras tanto van desfilando los personajes, en un número tan grande que es importante leer la novela en pocas noches si no se quiere perder el hilo. En el centro de la acción siempre hay dos o tres asesinatos y alguna jóven heredera muy atractiva. Por supuesto, Lew Archer cuenta el caso en primera persona y se otorga para sí el corazón más generoso y desprendido de toda Norteamérica. A menudo se emborracha con un cóctel llamado Gibson que debe estar buenísimo y apenas se alimenta sino con una hamburguesa entre tiroteo y tiroteo.

De verdad, son libros, que aunque de pura evasión, se leen con un placer inigualable. Eso sí, al día siguiente de acabar y cerrar el libro, se olvidan y apenas podrías contar el sucedido. ¡Y qué más da!

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Casares

 

Mi amigo el poeta donostiarra Pablo Casares ha publicado un libro que lleva el escudo del ayuntamiento de Granada en la contraportada. ¡Qué bien queda eso ahí impreso! “Fingiré que estoy de paso” es el título del libro, la materialización del premio “III certamen Zaidín de Poesía Javier Egea”. Es un volumen delgadito de 65 páginas, de un palmo de la mano de largo por unos diez o doce centímetros de ancho, de color blanco cassé, con letras negras y rojas en la portada.

En el prólogo nos enteramos que Javier Egea era un poeta, acaso maldito, seguramente maldito, que habitaba el barrio granadino de Zaidín. Es hermoso pensar que unos amigos suyos hayan guardado su memoria y se hayan tomado el trabajo de instaurar un premio, preseleccionar los textos, elegir finalistas y editar los libros ganadores. Eso, que en las conversaciones de taberna parece tan fácil, es más bien jodidamente complicado, primero llevarlo a término y más tarde “mantenerlo”.

“Lo que digo con el pico lo sujeto con la chaira” decía una milonga vieja. Pues eso: doble admiración por el libro.

Tras las páginas del prólogo comienza el poemario (como dicen los cursis) de Pablo Casares.

El poeta es conciso y bien clarito. Los poemas son cortos, a menudo de cinco o séis versos, quizá demasiado breves a mi juicio, aunque valoro el riesgo que supone esa fugacidad de las imágenes. Hay mucha inocencia, mucha pureza; hay un candor angelical, me parece a mí, y mucha emoción sincera vertida. La identificación es inmediata a no ser que uno sea un lunático o un perro.

La pérdida, el dictado del corazón, los viajes y recuerdos, el erotismo, son los temas que Casares roza con extrema sutilidad (y a veces con alguna sutileza) en “Fingiré que estoy de paso”. Yo diría que es un libro ingrávido, o a lo sumo, un libro que tiene el peso de una rosa.

Gemma y yo lo hemos leído con gran placer y permanece en mi mesilla de noche.

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