Sunday, December 10, 2006

Dragao de Alfama

 

             Me apetecía escuchar unos fados y nos fuimos a cenar a Lisboa. Gemma y yo. Esto que parece una humorada es completamente cierto, y da la medida de la banalización de los viajes en esos vuelos de bajo coste que hoy existen. A nada que se piense, ya se entiende que esta novedad es a todas luces “insostenible” por muchas razones, pero hoy de algún modo funciona, lo quiera uno o no lo quiera.

    Mucho no ha cambiado Lisboa desde la última vez que estuve, justo el año anterior al gran incendio del barrio de Chiado, allá por el 88. A pesar de la mundialización, Lisboa sigue conservando su carácter, su emblema y su estilo. Quizá no sea ya tan pintoresca como entonces, quizá no tan barata, quizá los barrios pobres no sean tan pobres, quizá los hombres y mujeres no vistan ya confección portuguesa y vistan ahora made in China… quizá. Pero Lisboa sigue siendo, en el 2006, la octava maravilla, como dijo de ella Tirso de Molina, creo.

    Estuvimos buscando por Mouraría y por Alfama un restaurante de fados que no fuera de grupo de turistas. Caminamos al azar el laberinto de callejas en cuesta, de plazuelas secretas, terrazas diminutas, escalinatas vertiginosas, y entonces Gemma lo vió al doblar una esquina, muy cerca de los muros de la iglesia de San Esteban (S. Estevao). El nombre del restorán se me subió a la cabeza: Dragao de Alfama de Antonio de Sousa Gonçalvez. Pronunciar “eso” es como beber el primer trago de un whisky. Hay una euforia intelectual incomparable cuando uno “ve” ese letrero pintado en una calle estrecha y silenciosa del barrio de Alfama. Era aún el principio de la tarde. La mujer del patrón, una señora que sin duda fue guapa y retenía, nos anunció que esa noche y la siguiente, efectivamente,  habría sesión de fados y que no tenían costumbre de hacer consumición mínima obligatoria como en los restaurantes de tour-operator. Prometimos volver esa misma noche de viernes.

    Nos costó volver a encontrarlo por las calles ya anochecidas. El local era pinturero, lleno de vírgenes, faroles y viejas fotografías de fadistas. El techo de bóveda de cañón. Las mesas apenas estaban ocupadas. Por un lado, un señor y una bella dama, supongo un matrimonio; por otro un grupo de hombres jóvenes, unos y otros portugueses; dos francesas con pinta de intelectuales y nosotros, españolitos de a pie. Al fondo del restaurán, en una tarima diminuta se sentaba un hombre a la guitarra y otro a la viola nativa, que es una especie de laud o bandurria de encordado doble. Una mujer de mediana edad envuelta en un chal negro cantaba con el busto lanzado hacia delante. Ningún micrófono ni amplificador falseaba el sonido. Detrás del escenario, un mostrador que separaba los fogones de la sala del restaurante, dominio de Don Antonio de Sousa y su mujer. En la última mesa, demasiado cercana a la cocina como para ser de uso público, se sentaban dos caballeros trajeados muy dignamente y una real moza, ciertamente bonita, con la melena recogida y tirante, bien visible la nuca, vestida con falda tradicional y  chalina negra sobre los hombros. Los tres eran fadistas y se turnarían a lo largo de la noche con la mujer que en ese momento cantaba.

    Se interpretaban tres piezas y después volvían a encenderse las luces durante unos minutos (lo suficiente como para que los comensales apartáramos las pequeñas espinas del bacalao y eligiéramos la mejor patata al horno). Al rato volvía a quedarse todo en penumbra, a la luz de las velas, y de nuevo otros tres fados con nuevo intérprete, al tiempo que  los fadistas “vacantes” entonaban la segunda voz de los estribillos desde cualquier lugar donde se encontraran. Por ejemplo: el fadista más viejo, un hombre extraordinariamente flaco, muy derecho y repeinado, se veía en la necesidad de salir a la calle de vez en cuando para toser a sus anchas, y cuando entraba de nuevo, lo hacía cantando el refrán o la estrofa correspondiente desde la puerta, apoyando con su inesperado coro al compañero del escenario. Así llegamos hasta los cafés y las copas. El vino hacía que los ojos se cerraran y la cabeza se moviera ligeramente al son de esas notas tristes. Gemma estaba embelesada, en íntimas lejanías, mientras sus pupilas copiaban en diminuto la luz de nuestra vela. El ambiente era cada vez de mayor saudade.

    Tres parejas de portugueses entraron en el local entonces. Pidieron una botella de vino y se sentaron. Ahora ya no había solución de continuidad en las canciones. En una especie de crescendo se sucedían uno tras otro los cuatro cantantes. Reconocí los títulos clásicos: “Tudo isto é fado”, “Ai, Mouraria”, y alguno más.  Como estábamos en familia pedí el famoso fado de Amalia, “E com certeza uma casa portuguesa” y tras una expresión de sorpresa por parte de los músicos me fue concedida, cantada por la mujer de mediana edad (Mena Sobral era su nombre), mirándome a los ojos en los estribillos, y coreada (incluído el obligado  “muá, muá” de los besos) por todas las mesas. Aquello había acabado.    

    Educadamente rechazamos los compact-disc que ofrecían cada uno de los cantantes y nos levantamos, pero un hombre jóven del grupo recién llegado nos hizo desistir. Nos anunció que iba a cantar unos números tal y como hacía espontáneamente muchas noches de viernes y sábado. Volvimos a sentarnos. Efectivamente, este hombre, con un parecido físico considerable con el actor Javier Bardem, salió al escenario y entonces fue la buena.                                       

    Comprendimos que aunque bien entonados  e interpretados, los fados del   elenco del “Dragao” eran meros standard, la ortodoxia pura en comparación con el arte y el pellizco de este hombre. Una voz ronca y plena, un compás libre, un subir y bajar a voluntad, morosidad y aceleración en el fraseo, la puesta en escena con su americana negra y su camisa blanca… aquello vibraba y transmitía lo indecible. ¡Realmente estábamos aplaudiendo un espectáculo impagable! Al término charlamos con los músicos del restorán y más tarde con el “niño terrible”. Supimos que era hijo y nieto de lisboetas de Alfama (como decir gitano del Sacromonte, tela marinera) y vivía a pocas calles del “Dragao”. Muy extrovertido (cosa muy rara en Lisboa), nos confeccionó en una servilleta un listado de los fadistas interesantes en la actualidad (Camané; Ana Moura; Mafalda Arnau; Carlos do Carmo; Artur Batalha; Herminia Silva; Mariza) y fuimos callejas abajo, bajo la luz amarilla de los faroles, hasta despedirnos en el Largo do Chafariz de Dentro. La noche había sido memorable.

    El Dragao de Alfama (¡Ah, qué nombre!) está en la Rua Guilherme Braga, 8. Muy cerca del Largo de Sao Estevao, en Alfama, claro. No es nada caro y programan jueves, viernes y sábados.

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La ciudad de Pessoa

  Algunas curiosidades de la romántica Lisboa, y del pueblo lisboeta, que copio así, según me van viniendo a la mente:

 

Es una tontería pero las calles de Lisboa tienen muy confusos pasos de cebra. En muchas ocasiones (no siempre) se trazan dos sencillas líneas blancas perpendiculares a la calzada a modo de carril y sí…para pasar, es por “ahí”.

 

El uniforme de la policía de Lisboa recuerda un poco a las aventuras de Tintin en no sé qué país del Este, bajo una férrea dictadura comunista. Es un traje un poco fanfarrón y grotesco. Las gorras que usan, las botas, y sobre todo la cazadora de grueso cuero negro son una réplica exacta a los dibujos de Hergé.

 

La policía de Lisboa está muy en la calle. No es nada raro encontrarlos en las tabernas formando grupos mientras almuerzan, se atusan el bigote o toman café mirando de reojo. Esto choca.

 

Los lisboetas son extraordinariamente silenciosos. Extraña comprobar en un café o una taberna repleta de gente el susurro y la moderación de las conversaciones. Incluso entre gente bien jóven.

 

Los lisboetas son algo distantes y fríos en el trato. No dicen una palabra de más porque apenas se expresan. Incluso entre ellos: por ejemplo en el gremio de los camareros, apenas se dirigen la palabra unos a otros. No se exasperan, no chillan “nunca”. Son ceremoniosos.

 

Algunos lisboetas son lacónicos y huidizos con el turista porque “creen” que no van a ser entendidos en su idioma. Pero a veces sonríen con los ojos y es una promesa casi imperceptible.

 

Los cafés y las tabernas tienen siempre algo en común, ya  sean salones dorados y revestidos de mármol del siglo XIX o desvencijadas tascas de Mouraría: El expositor acristalado de ricos pasteles y tartas, que hace las veces de barra y mostrador, y sobre el cual toma café o vino el cliente, si es que decide no sentarse en mesa.

 

Las muchachas de Lisboa son en general de una belleza más que aceptable, aunque quizá algo deslavada. Abunda mucho el tipo de cara muy blanca, con los ojos algo hundidos, pequeños y negros, rodeados de una sombra natural violácea o gris, como de un romanticismo antiguo. En las mezclas con los pueblos de las excolonias africanas se encuentra uno con mujeres admirables.

No han adoptado (a.D.g.) la moda tan desfavorecedora de los pantalones ya cortados en fábrica con los bolsillos caídos y son más discretas con la ropa que sus vecinas de península.

 

Los chicos varones de Lisboa tienen unas facciones equilibradas y bien compuestas, regulares o indiferentes, sin caricatura. No obstante algo deslavadas o inexpresivas también.

 

Los viejos y viejas de Lisboa son como los viejos y viejas de España: vagamente visibles, borrosos y desdibujados. Es lo que tiene. En los hombres, hace furor el bigote y hay más tendencia a conservar el pelo íntegro. Sin embargo, a perder más pronto la vista que sus vecinos de península (si exceptuamos a los catalanes).

 

Los taxistas de Lisboa corren como demonios.

 

En el metro de Lisboa no hay grafittis ni pintadas apenas. Tampoco se sufre la violencia de los paneles de  publicidad porque no existen. Azulejo más o menos  reluciente y punto.

 

Algunas inscripciones en las fachadas, difíciles de ver, conmemoran enclaves o hechos de la Revolución de los Claveles de la primavera de 1974. Nadie debería viajar al país sin saber algo de aquellos cruciales acontecimientos, a menos que quiera quedarse en vilo, con la curiosidad picada.

 

Los restaurantes corrientes de Lisboa ofrecen siempre una sopa de entrada en el menú diario al precio de 1,10 euros. Después viene un plato único con abundante acompañamiento. Este plato viene a costar (2006) de 5,00 a 7,00 euros. En la cena es preciso no tocar el plato de aperitivos que se coloca en la mesa sin haberlo pedido, a no ser que se esté dispuesto a pagarlo con disgusto más tarde. Los altramuces y las olivas son gratis. (Recomiendo vivamente la taberna Casa da India, en Rua do Loreto, 41. Barrio de Chiado)

En Portugal no se ha efectuado el latrocinio del redondeo que nos auto- hicimos los vecinos con el euro. Un café se paga 0,60; La cerveza del país, “Sagres” se paga, en formato 33 cl. una media de 0,90 euros.  Sin embargo el vino de Oporto es caro (2,40). El vino modesto se sirve a menudo de grandes tetra bricks, que asustan pero están buenos. Dice mucho del buen gusto de los portugueses que se consuma agua con gas de la “verdadera”, sin carbónico añadido y en formato de 25 cl.

 

Los portugueses rinden culto al café y al té (chá), sin duda por las colonias africanas y orientales que tuvieron. Hay pequeñas tiendas dedicadas exclusivamente a esos dos productos con un género tan colorista que los ojos no se cansan de mirar. En los salones de los viejos cafés se toma buen café (al contrario que las purgas de este lado de la frontera) y a cualquiera que le guste el chocolate caliente, lo encuentra sin problema, bien bueno y barato también.

 

Yo creo que “no hay” panaderías en Lisboa. Sea como sea, el pan se presenta redondo y en forma de pequeño bollo. Blanquito y siempre esponjoso, muy ligero y muy “santo”, como de sacristía.

 

Aún no les han llegado las medidas revanchistas de los exfumadores y cualquier persona se puede encender un pitillo sin sufrir la mirada asesina del converso.

 

Las tiendas de alimentación de los barrios populares son “exactas” a las de nuestra infancia, cuando entonces se llamaban ultramarinos. Una gran emoción que viene de dentro se despierta al contemplar y olfatear estos modestos establecimientos. Abundan entre Graça, Mouraria y Cavaleiros. También aquí son de otro tiempo las minuciosas tiendas de mercería, aunque ahora hay avalancha de Taiwan.

 

Quién sabe porqué, en los kioskos hay prensa española. Las revistas del corazón al completo y algunos tabloides como El País. La prensa “nativa” en papel satinado es escasa (suficiente), y hay pornografía en formato periódico.

 

Muy en el centro de Lisboa, en un costado del Teatro Nacional de Rossío, en el Largo de Sao Domingos, hay un diminuto despacho de aguardiente de guindas (ginjinhas) a un euro el vasito, que ningún turista puede pasar por alto. A la vuelta, en la Rua Barros Queirós, hay tabernas de marisco económico y bocadillos (sandes) de Lombinhos (exquisito cerdo ¿estofado?) junto con sopa del día a tomar en el mostrador. Si no se tiene dinero, que es lo más normal, hay multitud de castanheiros ahumando la calle. Tienen la costumbre de presentar las castañas glaseadas de azúcar.

 

(Estas referencias me obligan a hacer una selección de sitios notables y no es lo que me proponía, así que corto.)

 

Lisboa es una ciudad maravillosa y su poeta, Fernando Pessoa, el alma más profunda de la Gaya ciencia universal.

 

 

 

 

 

 

 

 

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