Algunas curiosidades de la romántica Lisboa, y del pueblo lisboeta, que copio así, según me van viniendo a la mente:
Es una tontería pero las calles de Lisboa tienen muy confusos pasos de cebra. En muchas ocasiones (no siempre) se trazan dos sencillas líneas blancas perpendiculares a la calzada a modo de carril y sí…para pasar, es por “ahí”.
El uniforme de la policía de Lisboa recuerda un poco a las aventuras de Tintin en no sé qué país del Este, bajo una férrea dictadura comunista. Es un traje un poco fanfarrón y grotesco. Las gorras que usan, las botas, y sobre todo la cazadora de grueso cuero negro son una réplica exacta a los dibujos de Hergé.
La policía de Lisboa está muy en la calle. No es nada raro encontrarlos en las tabernas formando grupos mientras almuerzan, se atusan el bigote o toman café mirando de reojo. Esto choca.
Los lisboetas son extraordinariamente silenciosos. Extraña comprobar en un café o una taberna repleta de gente el susurro y la moderación de las conversaciones. Incluso entre gente bien jóven.
Los lisboetas son algo distantes y fríos en el trato. No dicen una palabra de más porque apenas se expresan. Incluso entre ellos: por ejemplo en el gremio de los camareros, apenas se dirigen la palabra unos a otros. No se exasperan, no chillan “nunca”. Son ceremoniosos.
Algunos lisboetas son lacónicos y huidizos con el turista porque “creen” que no van a ser entendidos en su idioma. Pero a veces sonríen con los ojos y es una promesa casi imperceptible.
Los cafés y las tabernas tienen siempre algo en común, ya sean salones dorados y revestidos de mármol del siglo XIX o desvencijadas tascas de Mouraría: El expositor acristalado de ricos pasteles y tartas, que hace las veces de barra y mostrador, y sobre el cual toma café o vino el cliente, si es que decide no sentarse en mesa.
Las muchachas de Lisboa son en general de una belleza más que aceptable, aunque quizá algo deslavada. Abunda mucho el tipo de cara muy blanca, con los ojos algo hundidos, pequeños y negros, rodeados de una sombra natural violácea o gris, como de un romanticismo antiguo. En las mezclas con los pueblos de las excolonias africanas se encuentra uno con mujeres admirables.
No han adoptado (a.D.g.) la moda tan desfavorecedora de los pantalones ya cortados en fábrica con los bolsillos caídos y son más discretas con la ropa que sus vecinas de península.
Los chicos varones de Lisboa tienen unas facciones equilibradas y bien compuestas, regulares o indiferentes, sin caricatura. No obstante algo deslavadas o inexpresivas también.
Los viejos y viejas de Lisboa son como los viejos y viejas de España: vagamente visibles, borrosos y desdibujados. Es lo que tiene. En los hombres, hace furor el bigote y hay más tendencia a conservar el pelo íntegro. Sin embargo, a perder más pronto la vista que sus vecinos de península (si exceptuamos a los catalanes).
Los taxistas de Lisboa corren como demonios.
En el metro de Lisboa no hay grafittis ni pintadas apenas. Tampoco se sufre la violencia de los paneles de publicidad porque no existen. Azulejo más o menos reluciente y punto.
Algunas inscripciones en las fachadas, difíciles de ver, conmemoran enclaves o hechos de la Revolución de los Claveles de la primavera de 1974. Nadie debería viajar al país sin saber algo de aquellos cruciales acontecimientos, a menos que quiera quedarse en vilo, con la curiosidad picada.
Los restaurantes corrientes de Lisboa ofrecen siempre una sopa de entrada en el menú diario al precio de 1,10 euros. Después viene un plato único con abundante acompañamiento. Este plato viene a costar (2006) de 5,00 a 7,00 euros. En la cena es preciso no tocar el plato de aperitivos que se coloca en la mesa sin haberlo pedido, a no ser que se esté dispuesto a pagarlo con disgusto más tarde. Los altramuces y las olivas son gratis. (Recomiendo vivamente la taberna Casa da India, en Rua do Loreto, 41. Barrio de Chiado)
En Portugal no se ha efectuado el latrocinio del redondeo que nos auto- hicimos los vecinos con el euro. Un café se paga 0,60; La cerveza del país, “Sagres” se paga, en formato 33 cl. una media de 0,90 euros. Sin embargo el vino de Oporto es caro (2,40). El vino modesto se sirve a menudo de grandes tetra bricks, que asustan pero están buenos. Dice mucho del buen gusto de los portugueses que se consuma agua con gas de la “verdadera”, sin carbónico añadido y en formato de 25 cl.
Los portugueses rinden culto al café y al té (chá), sin duda por las colonias africanas y orientales que tuvieron. Hay pequeñas tiendas dedicadas exclusivamente a esos dos productos con un género tan colorista que los ojos no se cansan de mirar. En los salones de los viejos cafés se toma buen café (al contrario que las purgas de este lado de la frontera) y a cualquiera que le guste el chocolate caliente, lo encuentra sin problema, bien bueno y barato también.
Yo creo que “no hay” panaderías en Lisboa. Sea como sea, el pan se presenta redondo y en forma de pequeño bollo. Blanquito y siempre esponjoso, muy ligero y muy “santo”, como de sacristía.
Aún no les han llegado las medidas revanchistas de los exfumadores y cualquier persona se puede encender un pitillo sin sufrir la mirada asesina del converso.
Las tiendas de alimentación de los barrios populares son “exactas” a las de nuestra infancia, cuando entonces se llamaban ultramarinos. Una gran emoción que viene de dentro se despierta al contemplar y olfatear estos modestos establecimientos. Abundan entre Graça, Mouraria y Cavaleiros. También aquí son de otro tiempo las minuciosas tiendas de mercería, aunque ahora hay avalancha de Taiwan.
Quién sabe porqué, en los kioskos hay prensa española. Las revistas del corazón al completo y algunos tabloides como El País. La prensa “nativa” en papel satinado es escasa (suficiente), y hay pornografía en formato periódico.
Muy en el centro de Lisboa, en un costado del Teatro Nacional de Rossío, en el Largo de Sao Domingos, hay un diminuto despacho de aguardiente de guindas (ginjinhas) a un euro el vasito, que ningún turista puede pasar por alto. A la vuelta, en la Rua Barros Queirós, hay tabernas de marisco económico y bocadillos (sandes) de Lombinhos (exquisito cerdo ¿estofado?) junto con sopa del día a tomar en el mostrador. Si no se tiene dinero, que es lo más normal, hay multitud de castanheiros ahumando la calle. Tienen la costumbre de presentar las castañas glaseadas de azúcar.
(Estas referencias me obligan a hacer una selección de sitios notables y no es lo que me proponía, así que corto.)
Lisboa es una ciudad maravillosa y su poeta, Fernando Pessoa, el alma más profunda de la Gaya ciencia universal.