¡El siguiente!
No viene al caso pero escribo esto mientras suena en la radio a bajo volúmen “La Linterna de la Economía” de los malvados y siniestros ultraliberales de la COPE.¡¡Y qué cosas dicen y “piensan”, Virgencita del Amor Hermoso!!
He ordenado la mesilla de noche y veo que hay un rimero de libros que he dejado por la mitad en los últimos meses. No me suele pasar a menudo. Espero que sea “una mala racha” simplemente.
El libro que descansa en el fondo es perfectamente recuperable. Ahora recuerdo que pensé hacerle una componenda en la página blanca del inicio con un “listado de personajes” porque cometí el error de leerlo a largos intervalos entre Hondarribi y Donosti y no me aclaraba la noche que lo retomaba. Se trata de “El obispo leproso” (1926) de este “gran poeta en prosa” que es Gabriel Miró. Un autor que me descubrió mi hermano Iñaki con “Años y leguas”. Un ambiente intolerante y provinciano de principios de siglo en Oleza, (que es el trasunto de Orihuela), y unas descripciones y unos prodigios verbales deslumbrantes, marcan la trama de este libro complejo y escrito como a retazos impresionistas y cuadros sueltos. De ahí la necesidad de emprender la lectura de manera continuada si no se quiere despistar uno. Culpa mía y lo termino porque realmente “da placer”.
Comencé hace nada “Si te dicen que caí” de Juan Marsé. Lo he abandonado poco más allá del principio. Me da pena decirlo pero no se puede leer literatura española “de ficción” escrita en los años 70. Hay un prurito regeneracionista en los nuevos autores de entonces que los convierte en incomprensibles de puro audaces. Me pasa lo mismo con el temprano Vázquez Montalbán, con Juan Benet, o con Goytisolo por ejemplo. Los párpados caen lentamente, el pulso se debilita, la mente se hace vagabunda… Nada que ver con los ensayos sesudos por los márgenes de la filosofía de Laín Entralgo y Julián Marías, (o con la poesía de Gil de Biedma) fechados en esos años del Simca 1000 y Nadiuska en bragas. Esos autores sí que pueden leerse y aguantan la erosión del almanaque. Pero aquellos… ¡Ay, qué pena!
Otro en la cuneta: “Abbaddón el exterminador” del argentino Ernesto Sabato, que me lo compré en Emaús frotándome las manos de goce y con una sonrisa de placer reminiscente, acordándome de lo muchísimo que me habían gustado otros dos libros que había leído con anterioridad como son “El túnel” y “Sobre héroes y tumbas”. Pues bien… No he tenido paciencia con “Abbadón”. (Ya el título es antipático) ¿O será que está escrito también en el 74, más o menos? No, en absoluto. No muy lejos andarán los otros que leí con devoción, y sin embargo éste me dejó de interesar en la página 40. Perdona Ernesto, ya lo siento. La vida es muy corta; el arte es largo: A partir de cierta edad uno no debe andarse con miramientos. ¡El siguiente!
Rafa Berrio. Onyarbi.
2 de noviembre de 2006.