Sunday, October 8, 2006

Su truco favorito

    He terminado de leer “La comunicación No-Verbal” de una tal Flora Davis, en Alianza. Me gustaría otro día contar algunas curiosidades de este ensayo acerca de los movimientos corporales, las miradas, las manos, el rostro, y cómo se perciben en un plano subliminal por los que nos rodean. Es muy interesante.

 

    Por un raro sincronismo (me gusta leer siempre dos o tres libros a la vez), he terminado también al mismo tiempo “El laberinto de las sirenas” de Baroja. Este libro nos lo hicieron leer  en bachiller pero no me acordaba de nada. En otra gacetilla dije que transcurría en Nápoles, pero pronto aparece en la narración un manuscrito póstumo con la vida de Juan Galardi y el grueso del libro es este viejo manuscrito. Muy típico de Baroja, que también lo hace así en otros títulos: El libro dentro del libro. De mocedad a senectud, una vida entera discurre por las páginas y mil vidas entrecruzadas aparecen y desaparecen. En realidad, el libro narra la historia de una mansión construída sobre un acantilado, en la costa calabresa de Italia. Cuando los personajes se desvanecen en la nada, también la mansión se viene abajo.

 

    Baroja hace soñar, cuenta aventuras y hechos extraordinarios pero después nos deja recado de la insignificancia de la existencia. Es su truco favorito. Con las últimas palabras del epílogo, cerrando ya el libro, un suspiro profundo se hace inevitable; quién sabe si no se reprime también una lágrima.

 

    Diego V. se propuso darme envidia y lo ha conseguido: me dice que él también tiene una “temporada barojiana” y  acaba de comprarse los dos gruesos volúmenes de memorias “Desde la última vuelta del camino” que acaba de editar Tusquets. Los está leyendo apasionadamente.

    Aparte de obras completas, es la primera vez (que yo sepa) que se reúnen estos libros que Caro-Raggio fue publicando a lo largo de los años como títulos independientes. Yo sólo he leído unos pocos.  Diego hace recuento y sospecha que aún se publicará un tercer tomo. 

     Yo tengo que ahorrar, llevar una dieta exclusiva  de patatas y cebolletas durante un mes y comprármelos cuanto antes. Los tuve en la mano en Bilintx. Los palpé y luego aspiré el olor del papel crujiente. El precio me mareó un poco. Me puse realmente pálido. Pensé en esperar veinte años a que salieran de lance, ya viejos y roñosos, en los  Traperos de Emaús, pero me pareció un tiempo excesivo sin ellos.

    No me conviene adelgazar, pero algo tendré que hacer si los quiero.       

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Octubre

    Se ha ído septiembre; Ha llegado octubre. Yo lo defiendo como el mes más deprimente del año sin duda, octubre. He tenido una discusión con K. acerca de esto y no nos ponemos de acuerdo.

    Yo he defendido: la luz menguante, el cambio claramente perceptible de la hora del atardecer; el traumático cambio de hora convencional; el recuerdo todavía en la piel del cercano septiembre; las sombras alargadas, las formas duras y contrastadas bajo el pálido sol oblicuo; sol que es ya un agravio; la luz irreal y dramática de media tarde que ciega los ojos; las ventiscas y el viento sur extemporáneo; el color parduzco del mar y el blanco chillón de la abundante espuma, la tierra de nadie entre el otoño y el verano.

 

    Pero no  noviembre, como defendía K.

 

    Ni mucho menos noviembre puede pasar por triste. Noviembre es ya El Paroxismo del Otoño. El bello esplendor de los ocres, el punto álgido, la cumbre. Ya el verano ha quedado atrás, remoto, definitivamente olvidado. La costumbre de las prontas atardecidas se acepta sin otro remedio y hasta con dulzura. Huele ya a piel de napa y a hoguera.

 

    No quiero hacer apología de noviembre, sólo insistir que se acepta de manera natural y sin posible añoranza de un tiempo más cálido y luminoso.

 

    Pero ella, o sea, K. no está convencida del todo. Me dice que estoy influenciado por la fecha de mi cumpleaños “en este mes de octubre del que tanto despotricas”. Razón de más para tenerlo simpatía, y sin embargo…

 

    Hemos seguido discutiendo y creo que ninguno de los dos ha ganado un milímetro de terreno. (Es posible que en el fondo a mí me guste este mes de  octubre y a ella le cause angustia)

 

    Una plaquette del poeta donostiarra Pablo Casares se ha abierto como por ensalmo en la mesa de escribir. El viento sur ha entrado del mar girando y ha golpeado la ventana de esta casa que parece una nao capitana. Las olas rompen muy lejos de la costa y Monpás está bañado de espumas nerviosas.

 K. piensa que todo está predestinado y que muchos sucesos son magia. Yo soy agnóstico, pero mirando la página por la que se ha abierto el librito debo darle la razón; este es el poema de Casares:

 

    Muelle.

 

    Quiero que vuelvan

    las húmedas tardes de agosto

    y las templadas noches de septiembre

    para poder bañarme allí

    en la punta del muelle.

 

    Si te quedases un rato más

    justo para que me secase,

    nos reiríamos del anticuado invierno

    y del melancólico otoño

    para poder descansar en el pretil,

    allí donde se abre la civilización al mar.

 

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