Domingo | Octubre 29, 2006

Just William

    Si hoy, por ciencia infusa, aprendiera de repente el inglés y pudiera leerlo perfectamente, antes que Stevenson, o... Conrad, o... Dickens, abriría sin duda cualquier libro de “Guillermo”; “Guillermo el Proscrito”. Descubrí los “Guillermos” hace ya años gracias a Teresa L. que los leía y releía con fruición. Las portadas dirigidas a un lector infantil me hicieron desconfiar al principio. Los miraba con indiferencia y pensaba que eran una saga similar a “Los Cinco” o “Los Hollyster” o cosas por el estilo, y claro yo me relamía por aquella época con ensayos de plomo acerca de Carlos II o de los Comuneros de Castilla, por poner un ejemplo.

 

     Seguramente fue un día de resaca severa que abrí por primera vez un título al azar de los treinta y tantos que tiene Guillermo ( William Brown, en original). Ya se sabe: algo ligero y emoliente para pasar el rato. Nunca los he dejado de comprar y leer desde entonces.

 

      La adicción es instantánea. El placer enorme que se siente leyendo estos viejos libros no tiene cuento. Es difícil que estando a solas un lector ría con carcajada, no digamos ya que se le apodere un ataque de risa interminable en las altas horas de la noche. Guillermo consigue esto a menudo (especialmente en los primeros números). Más valioso que cien viajes a Stratford- upon- Avon, con Guillermo se aprenden multitud de cosas acerca de la sociedad inglesa de aquellos años de entreguerras.

 

      Montones de personajes de toda índole pasan por estos relatos.  El retrato de las familias honarables, pulcras y perfectamente burguesas, de las ligas parroquiales de damas empingorotadas, de las asociaciones caritativas y de la tómbola benéfica, de las ferias de  labradores y comerciantes  mezquinos, de la escuela dominical y el colegio, de la iglesia y la autoridad... Por en medio de todos ellos Guillermo el Proscrito cruza como un vendaval de anarquía, poniendo en solfa la hipocresía de la familia y del mundo de los adultos, con consecuencias siempre desastrosas y en grado sumo divertidas. Con la lectura se despierta la parte profunda de lo que hemos perdido para siempre.

 

      La editorial Molino publicó todos los títulos en bonitos libros de tapa dura, ilustrados en la portada y en el interior por el gran Thomas Henry, y son muy fáciles de encontrar en librerías de viejo y en mercadillos. Ignoro si existen ediciones recientes, aunque no me extrañaría nada, pues “Guillermo” es un clásico de la literatura falsamente infantil.

 

       A propósito, no he dicho nada de la autora, pues es efectivamente una mujer: Se llama Richmal Crompton y ahora que lo pienso no sé nada de su vida ni me ha sido dado leer nada de su persona apenas en todos estos años. Una única referencia en la enciclopedia que tengo y punto filipino. Tal vez no importe y su existencia sea gris y anodina. Estaría bien ahora que existe google que investigara un poco. Aunque sólo sea por rendir un homenaje a su inteligencia, a su imaginación y a su maestría.  Thank you Miss Crompton.
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Domingo | Octubre 08, 2006

Su truco favorito

    He terminado de leer “La comunicación No-Verbal” de una tal Flora Davis, en Alianza. Me gustaría otro día contar algunas curiosidades de este ensayo acerca de los movimientos corporales, las miradas, las manos, el rostro, y cómo se perciben en un plano subliminal por los que nos rodean. Es muy interesante.

 

    Por un raro sincronismo (me gusta leer siempre dos o tres libros a la vez), he terminado también al mismo tiempo “El laberinto de las sirenas” de Baroja. Este libro nos lo hicieron leer  en bachiller pero no me acordaba de nada. En otra gacetilla dije que transcurría en Nápoles, pero pronto aparece en la narración un manuscrito póstumo con la vida de Juan Galardi y el grueso del libro es este viejo manuscrito. Muy típico de Baroja, que también lo hace así en otros títulos: El libro dentro del libro. De mocedad a senectud, una vida entera discurre por las páginas y mil vidas entrecruzadas aparecen y desaparecen. En realidad, el libro narra la historia de una mansión construída sobre un acantilado, en la costa calabresa de Italia. Cuando los personajes se desvanecen en la nada, también la mansión se viene abajo.

 

    Baroja hace soñar, cuenta aventuras y hechos extraordinarios pero después nos deja recado de la insignificancia de la existencia. Es su truco favorito. Con las últimas palabras del epílogo, cerrando ya el libro, un suspiro profundo se hace inevitable; quién sabe si no se reprime también una lágrima.

 

    Diego V. se propuso darme envidia y lo ha conseguido: me dice que él también tiene una “temporada barojiana” y  acaba de comprarse los dos gruesos volúmenes de memorias “Desde la última vuelta del camino” que acaba de editar Tusquets. Los está leyendo apasionadamente.

    Aparte de obras completas, es la primera vez (que yo sepa) que se reúnen estos libros que Caro-Raggio fue publicando a lo largo de los años como títulos independientes. Yo sólo he leído unos pocos.  Diego hace recuento y sospecha que aún se publicará un tercer tomo. 

     Yo tengo que ahorrar, llevar una dieta exclusiva  de patatas y cebolletas durante un mes y comprármelos cuanto antes. Los tuve en la mano en Bilintx. Los palpé y luego aspiré el olor del papel crujiente. El precio me mareó un poco. Me puse realmente pálido. Pensé en esperar veinte años a que salieran de lance, ya viejos y roñosos, en los  Traperos de Emaús, pero me pareció un tiempo excesivo sin ellos.

    No me conviene adelgazar, pero algo tendré que hacer si los quiero.       

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Octubre

    Se ha ído septiembre; Ha llegado octubre. Yo lo defiendo como el mes más deprimente del año sin duda, octubre. He tenido una discusión con K. acerca de esto y no nos ponemos de acuerdo.

    Yo he defendido: la luz menguante, el cambio claramente perceptible de la hora del atardecer; el traumático cambio de hora convencional; el recuerdo todavía en la piel del cercano septiembre; las sombras alargadas, las formas duras y contrastadas bajo el pálido sol oblicuo; sol que es ya un agravio; la luz irreal y dramática de media tarde que ciega los ojos; las ventiscas y el viento sur extemporáneo; el color parduzco del mar y el blanco chillón de la abundante espuma, la tierra de nadie entre el otoño y el verano.

 

    Pero no  noviembre, como defendía K.

 

    Ni mucho menos noviembre puede pasar por triste. Noviembre es ya El Paroxismo del Otoño. El bello esplendor de los ocres, el punto álgido, la cumbre. Ya el verano ha quedado atrás, remoto, definitivamente olvidado. La costumbre de las prontas atardecidas se acepta sin otro remedio y hasta con dulzura. Huele ya a piel de napa y a hoguera.

 

    No quiero hacer apología de noviembre, sólo insistir que se acepta de manera natural y sin posible añoranza de un tiempo más cálido y luminoso.

 

    Pero ella, o sea, K. no está convencida del todo. Me dice que estoy influenciado por la fecha de mi cumpleaños “en este mes de octubre del que tanto despotricas”. Razón de más para tenerlo simpatía, y sin embargo...

 

    Hemos seguido discutiendo y creo que ninguno de los dos ha ganado un milímetro de terreno. (Es posible que en el fondo a mí me guste este mes de  octubre y a ella le cause angustia)

 

    Una plaquette del poeta donostiarra Pablo Casares se ha abierto como por ensalmo en la mesa de escribir. El viento sur ha entrado del mar girando y ha golpeado la ventana de esta casa que parece una nao capitana. Las olas rompen muy lejos de la costa y Monpás está bañado de espumas nerviosas.

 K. piensa que todo está predestinado y que muchos sucesos son magia. Yo soy agnóstico, pero mirando la página por la que se ha abierto el librito debo darle la razón; este es el poema de Casares:

 

    Muelle.

 

    Quiero que vuelvan

    las húmedas tardes de agosto

    y las templadas noches de septiembre

    para poder bañarme allí

    en la punta del muelle.

 

    Si te quedases un rato más

    justo para que me secase,

    nos reiríamos del anticuado invierno

    y del melancólico otoño

    para poder descansar en el pretil,

    allí donde se abre la civilización al mar.

 

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Domingo | Octubre 01, 2006

Who by fire

 

Iñaki de Lucas me ha grabado la discografía completa de Leonard Cohen en un solo compacto. El volúmen de canciones es tal que el lector de DVD no logra dar paso más allá de la canción, digamos, número 40, y hay que seleccionar manualmente las diez mil restantes. Si tuviera que hacer un listado de las mejores canciones de la historia, no dudaría en incluir “WHO BY FIRE” de Cohen entre ellas. Desde hace muchos años me ha interesado este tema por una sola palabra que incluye en la letra y que en su momento busqué intrigadísimo en el diccionario.


La palabra es “Ordalías” que viene a significar “juicio de Dios”. Más tarde he leído bastantes casos de Ordalías en libros de historia, y no les falta su interés y su mala leche: Se trata de demostrar la inocencia o culpabilidad de los reos dudosos (mujeres en muchos casos), sometiéndolos a pruebas extremas y arbitrarias, tal que exponerlos a la acción de los rayos en una noche tormentosa; al semienterramiento, o bien a la privación del agua de beber durante días y cosas por el estilo. Hablo de oídas. Los que salían airosos de estas pruebas eran considerados inocentes. Los otros ya se sabe.


Pero bueno, volviendo a Cohen. La canción es corta, gradualmente intensa, de menos a más, con unos arreglos de violines que hacen estremecerse. Hay una cadencia, o un intervalo muy característico de notas negras que atrapa a la primera escucha. Quizá todo resida en esa progresión rápida de semitonos... Lo cierto es que la composición es magistral y nunca se olvida.

Leonardo está acompañado en todo momento por un dúo femenino tan sugerente que hace que uno sangre a borbotones por el costado de puro placer al escucharlo. Sería imposible cantar este tema en español: los versos apenas tienen tres o cuatro sílabas en tres acentuaciones claras, y ya en inglés son una pura elipsis. Dicen, por ejemplo: “Who by fire; who by water; who in the sunshine; who in the nightime...” Áquí, es evidente, falta el verbo.

Todo se soluciona en el estribillo, que es un misterio muy interesante de construcción. Parece ser que en la estrofa, el verbo en elipsis es “Llamar”, y después de toda esta lista de “quienes”, Cohen pregunta: “¿Quién dirías que está llamando?” (o algo por el estilo)

He sabido por una información confusa que “Who by fire” pudiera ser un salmo referido a algún rito mistérico, relacionado quizá con el judaísmo. Y digo esto último porque el músico desciende, si no me equivoco, de judios y la canción es vieja; supongo yo que compuesta antes de que Cohen se hiciera budista. Me gustaría mucho dar con una traducción sólida y fiable de la letra. ( Aparte: me dice Gemma que en el templo budista donde ha pasado Leonardo sus últimos años, éste tenía la ocupación de cocinero o Tenzo, realmente importante y honorable en el seno de esas comunidades)

Hay días que no puedo parar de escuchar este “Who by fire” de Leonard Cohen a todo volúmen por el equipo grande de Zabaleta. Dos veces seguidas al menos. Luego ya en silencio, me preparo la merienda.

 

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Premonición

 

Escucho en la radio esta tarde que se ha estrenado en San Sebastián un documental sobre García Lorca y las circunstancias de su muerte. Se titula “Lorca; El mar deja de moverse” y refiere un verso del poeta describiendo con tal metáfora el efecto de un asesinato. Parece ser que han empleado casi tres años en la investigación y la documentación del film. En el estreno en Granada tuvo que intervenir la Guardia Municipal a causa de altercados en el foyer del cine.


De pronto he recordado el famoso libro de Pablo Neruda “Confieso que he vivido” que leí apenas esta primavera, donde se cuentan muchas anécdotas jugosas, tanto de personajes notables como de villanos. Neruda cuenta que Lorca tuvo una premonición de su propia muerte. Quizá el chileno exagere. Quizá sea una mixtificación poética. Lo cierto es que, negro sobre blanco, la cuenta como cierta. Me ha costado encontrarla de nuevo pero creo que merece la pena.

En realidad Neruda no dice “premonición” sino preconocimiento, concepto mucho más inquietante. Con los artistas de “La Barraca” había llegado a un lejanísimo pueblo de Castilla y acamparon en los aledaños. Fatigado por las preocupaciones, Federico no dormía. Al amanecer salió a vagar por los alrededores. Hacía frío y la niebla se desprendía en masas blancas y todo lo convertía en una dimensión fantasmagórica. Se detuvo frente al portón de una verja de hierro oxidado, salpicada de estatuas y columnas rotas entre la hojarasca.. Era la entrada a una finca feudal. Federico se sintió agobiado y confuso por lo que allí pudiera suceder.

Un corderito pequeño llegó a ramonear las hierbas entre las ruinas y su aparición era como un pequeño ángel de niebla que humanizaba la soledad. El poeta se sintió acompañado.

De pronto una piara de cerdos entró también al recinto. Eran cuatro o cinco bestias oscuras, cerdos semisalvajes, con hambre cerril y pezuñas de piedra.

Federico presenció entonces una escena de espanto. Los cerdos se echaron sobre el cordero y junto al horror del poeta lo despedazaron y devoraron.

Esta escena de sangre y soledad hizo que Federico ordenara a su teatro ambulante continuar de inmediato su camino.

Neruda termina diciendo que tres meses antes de la guerra civil, Lorca le contaba, transido de horror, esta historia terrible.

Lo he pasado al texto de mala manera y abreviando. En “Confieso que he vivido” se puede leer de manera congruente en el capítulo titulado “El crímen fue en Granada”.

Estoy pensando en las palabras del director del documental, entrevistado esta tarde en la radio: En realidad, lo más impresionante, es que su propia familia fue quien lo sentenció.

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