Casares
Mi amigo el poeta donostiarra Pablo Casares ha publicado un libro que lleva el escudo del ayuntamiento de Granada en la contraportada. ¡Qué bien queda eso ahí impreso! "Fingiré que estoy de paso" es el título del libro, la materialización del premio "III certamen Zaidín de Poesía Javier Egea". Es un volumen delgadito de 65 páginas, de un palmo de la mano de largo por unos diez o doce centímetros de ancho, de color blanco cassé, con letras negras y rojas en la portada.
En el prólogo nos enteramos que Javier Egea era un poeta, acaso maldito, seguramente maldito, que habitaba el barrio granadino de Zaidín. Es hermoso pensar que unos amigos suyos hayan guardado su memoria y se hayan tomado el trabajo de instaurar un premio, preseleccionar los textos, elegir finalistas y editar los libros ganadores. Eso, que en las conversaciones de taberna parece tan fácil, es más bien jodidamente complicado, primero llevarlo a término y más tarde "mantenerlo".
"Lo que digo con el pico lo sujeto con la chaira" decía una milonga vieja. Pues eso: doble admiración por el libro.
Tras las páginas del prólogo comienza el poemario (como dicen los cursis) de Pablo Casares.
El poeta es conciso y bien clarito. Los poemas son cortos, a menudo de cinco o séis versos, quizá demasiado breves a mi juicio, aunque valoro el riesgo que supone esa fugacidad de las imágenes. Hay mucha inocencia, mucha pureza; hay un candor angelical, me parece a mí, y mucha emoción sincera vertida. La identificación es inmediata a no ser que uno sea un lunático o un perro.
La pérdida, el dictado del corazón, los viajes y recuerdos, el erotismo, son los temas que Casares roza con extrema sutilidad (y a veces con alguna sutileza) en "Fingiré que estoy de paso". Yo diría que es un libro ingrávido, o a lo sumo, un libro que tiene el peso de una rosa.
Gemma y yo lo hemos leído con gran placer y permanece en mi mesilla de noche.
