Just William
Si hoy, por ciencia infusa, aprendiera de repente el inglés y pudiera leerlo perfectamente, antes que Stevenson, o... Conrad, o... Dickens, abriría sin duda cualquier libro de “Guillermo”; “Guillermo el Proscrito”. Descubrí los “Guillermos” hace ya años gracias a Teresa L. que los leía y releía con fruición. Las portadas dirigidas a un lector infantil me hicieron desconfiar al principio. Los miraba con indiferencia y pensaba que eran una saga similar a “Los Cinco” o “Los Hollyster” o cosas por el estilo, y claro yo me relamía por aquella época con ensayos de plomo acerca de Carlos II o de los Comuneros de Castilla, por poner un ejemplo.
Seguramente fue un día de resaca severa que abrí por primera vez un título al azar de los treinta y tantos que tiene Guillermo ( William Brown, en original). Ya se sabe: algo ligero y emoliente para pasar el rato. Nunca los he dejado de comprar y leer desde entonces.
La adicción es instantánea. El placer enorme que se siente leyendo estos viejos libros no tiene cuento. Es difícil que estando a solas un lector ría con carcajada, no digamos ya que se le apodere un ataque de risa interminable en las altas horas de la noche. Guillermo consigue esto a menudo (especialmente en los primeros números). Más valioso que cien viajes a Stratford- upon- Avon, con Guillermo se aprenden multitud de cosas acerca de la sociedad inglesa de aquellos años de entreguerras.
Montones de personajes de toda índole pasan por estos relatos. El retrato de las familias honarables, pulcras y perfectamente burguesas, de las ligas parroquiales de damas empingorotadas, de las asociaciones caritativas y de la tómbola benéfica, de las ferias de labradores y comerciantes mezquinos, de la escuela dominical y el colegio, de la iglesia y la autoridad... Por en medio de todos ellos Guillermo el Proscrito cruza como un vendaval de anarquía, poniendo en solfa la hipocresía de la familia y del mundo de los adultos, con consecuencias siempre desastrosas y en grado sumo divertidas. Con la lectura se despierta la parte profunda de lo que hemos perdido para siempre.
La editorial Molino publicó todos los títulos en bonitos libros de tapa dura, ilustrados en la portada y en el interior por el gran Thomas Henry, y son muy fáciles de encontrar en librerías de viejo y en mercadillos. Ignoro si existen ediciones recientes, aunque no me extrañaría nada, pues “Guillermo” es un clásico de la literatura falsamente infantil.
A propósito, no he dicho nada de la autora, pues es efectivamente una mujer: Se llama Richmal Crompton y ahora que lo pienso no sé nada de su vida ni me ha sido dado leer nada de su persona apenas en todos estos años. Una única referencia en la enciclopedia que tengo y punto filipino. Tal vez no importe y su existencia sea gris y anodina. Estaría bien ahora que existe google que investigara un poco. Aunque sólo sea por rendir un homenaje a su inteligencia, a su imaginación y a su maestría. Thank you Miss Crompton.
