Jueves | Septiembre 28, 2006

Una merienda rarísima

 

    

     Esta tarde he tenido un episodio admirable de “Magdalena Proust”. Estaba en mi tinglado de Onyarbi, solo y en silencio; en esa hora mortecina del atardecer que no se sabe si es triste o indiferente, y bebía distraídamente vino de Oporto sin otra cosa mejor que hacer. Había comprado una botella de Rozés en Solbes, que tenía  una oferta de 100 ml. por el precio de 750 ml. Quizá porque me haya quedado con hambre de la merienda he mojado un poco de pan en el Oporto y  me lo he llevado a la boca. De pronto he sentido “todo eso”. Claro está, he vuelto a mojar pan, y esta vez, al probarlo, he sentido “un poco menos”. La tercera vez se me ha escapado del todo (y quizá para siempre) el significado profundo.

     Al principio he dicho magdalena y Proust, pero en ese momento ni se me ha pasado por la imaginación. Simplemente me he quedado absorto, con cara de canelo, una gota de rubí dulce deslizándose por mi barbilla. Sólo unos minutos más tarde me he levantado corriendo a la estantería de los libros. En la primera página del primer tomo de “En busca del tiempo perdido; Por el camino de Swan” dormía una dedicatoria para mí, fechada en Hendaya en el año 85 y precisamente el día de mi cumpleaños. Está escrita con boli azul y pone algo así como “Para Rafa con miles de besos y montañas de felicidades, esperando que lo disfrutes tanto como yo” y más abajo está la firma y la fecha. Cumplía yo 22 octubres exactamente.  Todos nosotros, me refiero a José Manuel Puerto, Endika Cámara, etc, leímos a Proust por entonces con devoción. Devoramos los tomos como si fueran de mantecado, aunque es cierto que yo me quedé en el número 5, más por curiosidad de otras cosas que por fatiga. Creo que Puerto aún llegó más lejos y tal vez culminara la Obra Completa, que es tela marinera.

     He querido buscar las páginas de la famosa “magdalena” y al principio, aunque sabía espacialmente dónde estaban, me ha costado. Finalmente las tengo en mis manos, y de nuevo cumplo los patitos. En la edición clásica de Alianza el pasaje se encuentra en la página 61 :

 

  (...)  Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior (...)

 

     Proust se siente invadido por un placer inexplicable, algo que le viene de “muy lejos” y que no comprende: 

  

   (...)   Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿de dónde podía venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía ser de la misma naturaleza.(...)

 

       Aún hay otra página larga de introspecciones bizantinas y perplejidades, hasta que por fin encuentra el significado: 

 

      (...) y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magadalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (...)

 

       Más tarde el libro continúa con un montón de condesas y duques paseando el spleen por los  Campos Elíseos.           

 

    Lo que ahora me pregunto es: ¿me daba de niño mi madre (o quizá mi tía Anamari), en las tardes muertas del domingo, después de la misa en María Reina, un vasito de  vino de Oporto con un corrusco de  pan, para que haya sentido lo que esta tarde he sentido?  Me extraña mucho, sinceramente. Me hubiera parecido una merienda rarísima... Pero... ¿y entonces?   
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